(Por: Dilmer R. Alvarado Cruz) Cuando recuerdo mi niñez, me vuelve una frase que escuché muchas veces: “hay que amarrarlo bien”. Mi abuelo no hablaba de política; hablaba de sobrevivir, de negociar un buen trato para una economía familiar siempre maltrecha. Pero en Honduras, como en tantos países pequeños, esas frases domésticas suelen explicar el poder mejor que cualquier tratado de geopolítica.
Por eso, cuando un presidente electo decide que su primer gesto sea viajar a Washington antes de asumir, cuesta no pensar en esa lógica y preguntarse: ¿quién vende y quién amarra bien? La confirmación del Departamento de Estado de Estados Unidos de la reunión entre Nasry Asfura y figuras clave del poder estadounidense confirma que no estamos ante una visita de cortesía, sino ante un movimiento preventivo, donde habrá mucho más que saludos y fotografías.
La pregunta, entonces, no es diplomática; es política en el sentido más crudo. Mi abuelo vendía cuando no había alternativa y, en raras ocasiones, compraba. Mirando el panorama general, todo indica que Asfura va a vender con la esperanza de que le compren. Pero la pregunta central sigue siendo la misma: ¿qué vende y qué amarra? ¿Está presentando una visión de Estado o asegurando su propio aterrizaje en el poder? Porque una cosa son los intereses personales del señor presidente —su estabilidad, su margen de maniobra, su necesidad de reconocimiento externo— y otra muy distinta son los intereses del país. Confundirlos no es una anécdota: es una costumbre peligrosa en la historia hondureña.
Estados Unidos no invita por cortesía. En un momento de disputa abierta por la influencia regional, con el avance de China y una Centroamérica atravesada por migración, crimen organizado e inestabilidad política, Honduras vuelve a ser una pieza útil. De ahí que la agenda se concentre en seguridad, inversión y cooperación: los tres nudos con los que históricamente se aprietan las relaciones desiguales.
Hablar de seguridad conduce inevitablemente a la Base Palmerola, un espacio donde la soberanía se negocia en voz baja desde hace décadas. Palmerola no es solo una base; es un recordatorio de hasta qué punto el territorio hondureño ha sido parte de estrategias ajenas. ¿Qué se reafirma hoy allí? ¿Qué se ofrece a cambio de respaldo? ¿Más presencia, ampliaciones, nuevas concesiones? El silencio no tranquiliza; inquieta.
Cuando se habla de inversión, la cuerda se tensa aún más. En Honduras, esa palabra remite directamente a Próspera ZEDE. No como promesa de desarrollo, sino como símbolo de un modelo rechazado por comunidades, organizaciones sociales y movimientos ecologistas. Esa resistencia no fue marginal: fue una de las razones por las que Asfura no ganó en su intento anterior. Volver a colocar ese modelo en la mesa internacional sin resolver ese conflicto interno no sería pragmatismo: sería pasar por encima de una derrota social.
En el lenguaje diplomático, “seguridad jurídica para la inversión” suele significar otra cosa: frenar protestas, relativizar daños ambientales, eliminar contrapesos o incluso buscar salidas políticas a juicios incómodos. Cuando la inversión se convierte en salvavidas político, deja de ser desarrollo y pasa a ser moneda de cambio. Ahí es donde el “amarrar bien” deja de ser metáfora y se vuelve práctica de gobierno.
Todo este movimiento hacia afuera ocurre, además, mientras puertas adentro el país arrastra un cierre electoral mal hecho y peor explicado, que terminó erosionando la confianza pública en lugar de fortalecerla. La elección no se cerró con claridad, sino con cansancio y presión: escrutinios especiales bloqueados, actas cuestionadas sin resolución convincente, denuncias de presiones internas, intentos de intervención desde un Congreso sin quórum válido y una declaratoria emitida por el CNE que pareció responder más a la urgencia de cerrar el proceso que a la obligación democrática de despejar todas las dudas. Cuando una elección se clausura sin agotar la revisión de votos, sin explicar de forma creíble las irregularidades y sin garantizar plena transparencia —incluido el origen y uso de los recursos de campaña—, lo que queda no es legitimidad, sino orden administrado. Y un orden administrado normalmente es políticamente frágil.
Es precisamente ese vacío de credibilidad el que vuelve comprensible —aunque no justificable— la búsqueda de reconocimiento temprano afuera. Cuando el trato no queda bien amarrado en casa, se intenta asegurar el trato con influencias.
El viaje también habla por sus silencios. En un mundo multipolar, la ambigüedad frente a China parece diseñada más para tranquilizar a Washington que para construir una política exterior soberana. La visita a Israel, sin una sola mención a Palestina, pese a los orígenes palestinos del propio Asfura, confirma que aquí pesan menos las historias personales que el cálculo frío del poder. Israel, además, no es un actor nuevo: es un viejo conocido en el país y en la región.
En este punto resuena una frase atribuida a Henry Kissinger: “ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser amigo es fatal”. No como consigna ideológica, sino como advertencia histórica. Para países pequeños, la cercanía sin límites suele cobrarse en soberanía, en silencios obligados y en decisiones tomadas lejos del campo, del mercado y del barrio. Nuestra dependencia económica y social del exterior —especialmente de Estados Unidos— sigue siendo uno de nuestros grandes problemas.
Mientras tanto, en Honduras, la vida avanza en otro ritmo: la gente fiando en la pulpería, sin poder pagar la colegiatura, defendiendo ríos, buscando oportunidades que no llegan. Ahí es donde se mide si un gobierno gobierna para el país o para sí mismo. Y conviene decirlo con claridad: deseo profundamente que Asfura gobierne para y por nosotros.
La verdadera prueba no será llegar ni gobernar después del día 27, sino decidir a qué —y a quién— amarra. Si amarra el progreso para todos o la conveniencia de su partido y de unos pocos.
Porque en la política hondureña, como en el campo, el problema nunca ha sido el trato.
El problema ha sido siempre quién paga el precio del trato. .



